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Semblanza del Dr Eduardo Castilla

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Acad. Enrique Gadow
Consultor en Genética Jefe de Investigación del Instituto Universitario CEMIC Miembro de la Academia Nacional de Medicina Presidente del Comité de Ética de Investigación de CEMIC

Eduardo Castilla

       Hijo de padre periodista, percibió la pasión por la lectura y la escritura. Su esposa, la doctora Ieda Orioli, es investigadora y profesora de Genética en la Universidad de Río de Janeiro. Uno de sus hijos siguió sus pasos y es, en la actualidad, un destacado biólogo molecular, radicado en los EE. UU.

Se recibió de médico en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en la década de los sesentas. Realizó estudios de posgrado en pediatría y genética.  

Viajero incansable. La continuidad y trascendencia de su proyecto colaborativo, reconocido en el ámbito internacional, se basó en el contacto personal con sus colaboradores. Esto le permitió viajar y conocer los rincones más aislados del continente sudamericano y, en especial, su gente.

Fue un investigador estricto, pero generoso, que supo transmitir a sus colaboradores la seriedad y exigencia que lo caracterizaban.

Hace diez años fue galardonado con el Premio “Hipócrates”, que entrega la Academia Nacional de Medicina a un profesional que se haya destacado en actos médicos, en investigaciones, o cuya trayectoria haya significado un trascendente aporte a la comunidad. Si bien no pudo asistir a recibir el premio, manifestó sorpresa por “ser recompensado por haber dedicado mi vida a una vocación lúdica, que nunca sentí como el castigo divino del ganarás el pan con el sudor de tu frente, sino un divertimento”. Por aquel entonces, y en el marco de un Programa de Investigación para estudiar la causa de la alta frecuencia de hendiduras orales en la Patagonia, Eduardo se encontraba en la provincia del Chubut atendiendo pacientes con fisuras labiopalatinas en poblaciones criollas de origen mapuche.

Si bien el trabajo lo llevó por los caminos de la investigación clínica y epidemiológica, nunca dejó de ser el médico clínico que quiso ser, ni el porteño de estirpe nacido en San Telmo, ni el alumno de la UBA que lo forjó cuando aún era una “sustancia dúctil”, como él mismo señaló.

Mi relación con Eduardo se inició con un desencuentro. El lugar, Ámsterdam. El tema, los defectos congénitos. El evento, una Reunión de la March of Dimes. Mi viaje se llevó a cabo; el suyo quedó trunco por razones burocráticas en el Ministerio de Salud de la Argentina.  El reencuentro, que duró casi medio siglo, fue primero en la ex Casa Cuna y, luego, en el Centro Nacional de Genética que, junto con la genética humana en nuestro país, fueron iniciativas suyas.

Podría hablarles largo y tendido sobre su valor científico, pero ustedes ya lo conocen.

Pocos acceden a la categoría de Investigador Superior del Conicet. En la historia del CEMIC, por ejemplo, tenemos a Eduardo Braun Menéndez. Tanto él, como Eduardo Castilla, tenían una visión del trabajo en equipo.    

Castilla fue miembro fundador y director del Centro Nacional de Genética Médica, que lleva su nombre. Pocos institutos o agencias del área de salud en el ámbito nacional reciben, un día, el nombre de alguno de sus miembros. Fue un visionario al diseñar una herramienta clave para la investigación: las redes. De ese modo, hace ya 45 años, creó el Estudio Colaborativo Latinoamericano de Malformaciones Congénitas (ECLAMC). Se trata de una red latinoamericana sin fronteras, emulada por muchos países europeos desarrollados. Pocos, como él, son miembros de dos de las prestigiosas academias latinoamericanas, la brasilera y la uruguaya.

En la década de los sesentas, un ministro de Salud Pública que visitaba La Rioja recibió información acerca de la existencia, en la Sierra de Sañogasta, de un pueblo con un número elevado de “payos”. En lugar de desestimar dicha información, el funcionario se comunicó con un médico recién llegado de los EE. UU., que había completado su residencia en genética en la Universidad de Yale. Me refiero a Eduardo Castilla, quien no solo viajó para corroborar esos dichos, sino que se instaló allí con su familia durante un año. Ejerció como médico rural y, con varios colaboradores, estudió el gen del albinismo. Años más tarde, viajé a esos poblados con mi esposa y amigos, y puedo dar fe del recuerdo y la admiración que los pobladores sentían por él.

Es de destacar la capacidad que tenía Eduardo para integrar sin diferenciar rangos. Sus grupos de trabajo fueron clave para la genética humana de nuestro país y del mundo.

Si bien en la actualidad nos resultan familiares términos como “crear redes”, Castilla fue un innovador en el tema. Así conformó una red latinoamericana sin fronteras. Por su impacto epidemiológico, social y genético, dicha red sería el equivalente del Catálogo de Víctor McKusick, de la Universidad Johns Hopkins; respecto de su impacto ético, sería el equivalente amish y, en lo cultural, el equivalente de Gabriel García Márquez, con Macondo.

Me considero un afortunado por haberme reencontrado con Eduardo Castilla. Recorrimos juntos casi una vida. Siempre terminábamos en el mismo camino. Su desaparición enlutó a su familia, a sus amigos, a la comunidad científica y a conocidos de todo el continente latinoamericano.

 

 

   


12/07/2019
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